Llegan los Carnavales un año más y dudo entre comprarme unas gomas para las orejas y salir a la calle así de manera natural y sin pintar para dar más realismo a esta cara de momia que tengo. Sacar del armario la colección de vendas frías adelgazantes que compré en un ataque compulsivo de televisión nocturna teletienda, que me costaron una pasta y que tras desenrollarlas y usarlas una vez fui incapaz de volver a recoger para meterlas en la cajita minúscula que las traía. Y que cada vez que abro el armario del cuarto de baño se me lanzan encima como boas amazónicas posesas y hambrientas, y es que si nunca he sido capaz de doblar un mapa por mucho empeño que le ponga, ¿cómo va a ser posible que yo Úrsula Montes, que ni siquiera terminé el bachillerato, pueda introducir en una caja tamaño tampax, una colección de vendas que servirían para envolver de regalo la Gran Muralla China? Pruebo con el disfraz de señora de Ramsés II, venida a menos, entrada en carnes y en pleno proceso de descomposición. Pero cuando empiezo a anudarme los kilómetros y kilómetros de vendas frías, me hago un nudo, la punta se me engancha en el tacón y casi termino decapitada, en mi propia casa, por mi propio zapato y con estas bragas de abuela que hoy llevo puestas. Casi lo dejo y pongo la lavadora. Si no terminaré saliendo a la calle de Eva en el paraíso, sea Carnaval o Cuaresma.
Opto por algo menos peligroso y más práctico, porque claro, de gastar nada de nada. Podría elegir sin embargo algo más cultural y salir a la calle como un centurión romano de esos cachas de las conquistas, aunque por mi tamaño de ser en peligro de extinción más bien podría ir de senador añejo y comilón que sólo se movían de la cama para vomitar o asistir a las meriendas de leones. Busco entre los armarios de la cocina una cazuela que brille con esa intensidad de los metales pulidos de los cascos de los centuriones romanos. El cazo de calentar la leche está como nuevo –claro desde que aprendiste a usar el microondas poco lo has usado- y queda estupendo en tu cabeza de bucles amarillos de a 15.000 el tinte. Pero claro hay un serio problema y es qué hago con el mango. Así lo que pareces es un sargento retirado de la guardia civil contratado para hacer sombra al chinado capitán de barco de Mary Poppins. Descartado.
Pues anda que no hay disfraces. Te sientas a pensar mientras te miras las uñas de los pies y descubres que tu esmalte ha ido desapareciendo como la capa de ozono y decides darte unas capitas de pintura en lo que piensas y piensas... Pero nada, oye que no te vienen las ideas, tú con esa imaginación que tienes tan.. uy! ¿Qué me estará pasando? Mi cerebro debe estar como un queso de gruyere tendré que visitar al logopeda o al psiquiatra o era al oto...algo?
Anda si entre pensamiento y pensamiento ya ha terminado la lavadora. Pues nada a tender, a ver si con el aire se me despeja la cabeza.
Salgo a la terraza y descubro que allí tengo un montón de cajas entre ellas la del fantástico DVD acumulapolvo que nunca da la hora exacta, y zas, que me viene la inspiración. Agarro las cajas, tijeras de cocina en mano. Recorto unos agujeritos para meter los brazos y otros para meter las piernas, aunque casi mejor descompongo la caja toda íntegra por debajo, con tal tamaño de muslos parecerías una geisha andando o bien te daría una embolia por la falta de circulación. Un par de rotuladores y hecho.
Tamaño de vaca tengo, logotipo el de Lauki. Y allí que me lanzo a la vorágine y al desenfreno del carnaval vestida de tetra brik. O acaso alguien dudaba que Úrsula Montes es la leche.